La tentación vive arriba. Monjes y demonios en el monacato oriental

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  La tentación vive arriba. Monjes y demonios en el monacato oriental. La imagen que se tiene del eremita es, normalmente, la que aparece en la película La vida de Brian  , de los Monty Python. Una persona apartada del mundo, con restricciones alimentarias severas, desaliñado… pero no debemos olvidar que, aunque ese sea el ideal transmitido por las fuentes, la realidad es que los monjes no vivían aislados. No solo formaban comunidades, sino que se asentaban cerca de aldeas. El desierto es solo un ideal, un espacio donde encontrar el silencio y alejarse de las corruptas ciudades, así como un lugar habitado por demonios contra los que luchar..Los monjes recibían un flujo constante de gente en busca de consejo, curaciones y consuelo. La lucha personal contra la tentación y la renuncia extrema era lo que les confería una autoridad social destacada, y se establecía una reciprocidad entre la comunidad, que proporcionaba sustento (pese al ideal de autosuficiencia de los cenobios), y los monjes que proporcionaban una garantía espiritual. Era tan importante una iglesia con reliquias, como el tener cerca al menos un anacoreta. Teodoreto de Ciro nos relata la preocupación por esconder los cadáveres de los eremitas más carismáticos para que no fueran adorados o desmembrados en busca de reliquias, pero también el secuestro de un anacoreta, Salamane, de otra aldea (Teodoreto, Historia de los Monjes de Siria  , 19, 2-3). Se alaba su mansedumbre, al dejarse secuestrar, una y otra vez, sin oponer resistencia.Los monje se organizaban en torno a un superior carismático, de forma más o menos espontánea al principio y de forma más planificada luego. Las normas que se fueron estableciendo, a través de reglas, como la de Pacomio, pero también a través de los Dichos de los Padres del Desierto  , nos ayudan a comprender mejor su realidad cotidiana. También historias más o menos idealizadas, como la Historia Lausíaca  de Paladio o La historia de los monjes de Siria  , de Teodoreto de Ciro, sin olvidarnos de las obras de los propios monjes, reflejan sus luchas diarias.Las tentaciones eran personalizadas en demonios, empeñados en la perdición del monje. Si bien la lucha más importante será siempre la de la gula (en el nivel extremo de abarcar toda comida no imprescindible para la supervivencia), un lugar destacado lo ocupa la concupiscencia. Los deseos de la carne atormentaban a hombres y mujeres, que habían hecho voto de castidad, y la lucha contra ellos no se ve facilitada por el continuo contacto con peregrinas (tenemos ejemplos como Egeria, Melania…) y aldeanas.Evagrio advierte de la necesidad de luchar “contra el pensamiento que adopta la forma de una hermosa mujer que sostiene con nosotros una conversación seria, mientras estamos deseando hacer cosas perversas y vergonzosas con ella” ( Antirrhetikos  2.36).A veces este “demoniaco” deseo llevaba a la desesperación a los monjes más allá de lo que conseguía cualquier otra tentación. Así vemos como Paladio relata que Evagrio, luchando contra este demonio “cada noche se metía desnudo en un pozo en el corazón del invierno hasta el punto de que sus carnes quedaban heladas” ( Hist. Laus  . 38). También cuenta de Pacón de Escete que “presa del desánimo, por no decir de la desesperación, anduve a la ventura por una y otra parte del yermo, hasta que encontrando un pequeño áspid lo cogí y lo apliqué a mis partes para que me mordiese y pudiera así morir de su ponzoña. Aplastando la cabeza del animal contra la carne, que era la causa de mi tentación, no me mordió” ( Hist. Laus. 23).Los monjes tenían también otra gran tentación en el contacto con los propios hermanos, sobre todo con los más jovencitos. Podemos ver continuamente la prohibición en los Dichos de los Padres del Desierto  de mantener más contacto del debido con los hermanos. La regla de Pacomio, transmitida por Paladio, prescribe dormir con túnicas “que tendrán sujetas con un ceñidor” ( Hist. Laus  . 22) y Casiano también recoge la norma de que los hermanos “ni se retrasen con otro un poco, ni se retiren un momento con otro hermano, ni le cojan de la mano” ( De institutos coenobiorum  IV 16-2).El demonio más insidioso es, para terminar, el que incita al monje a dejar su modo de vida. Lo menciona Evagrio cuando dice que debe luchar “contra el demonio que me mete en la cabeza que debo contraer matrimonio, tener esposa y ser padre de mis hijos, y no perder el tiempo aquí, pasando hambre y peleando con ideas inmundas” ( Antirrhetikos  , 2, 49).
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