La política, las razones y la fuerza

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  TEORÍA POLÍTICA   nº 103-104 | julio-agosto 2005 El poder y las razones:el territorio de la política Félix Ovejero Lucas  Allen Buchanan  JUSTICE, LEGITIMACY, AND SELF-DETERMINATION. MORAL FOUNDATIONS FOR INTERNATIONAL LAW Oxford University Press, Oxford  Jan-Werner Müller  A DANGEROUS MIND. CARL SCHMITT IN POST-WAR EUROPEAN THOUGHT  Yale University Press, New Haven «El Parlamento sólo será "real" en tanto que la discusión pública sea tomada en serio y llevada a efecto."Discusión" posee a este respecto un sentido especial y no significasimplemente negociación. Los que denominan parlamentarismo a todos los posiblestipos de negociación y de comunicación [...] eluden la verdadera cuestión. En cualquiercongreso de delegados, en cualquier jornada de representantes y en cualquier reuniónde directores se negocia, al igual que se negociaba en los gabinetes de los monarcasabsolutos, entre las organizaciones estamentales y entre turcos y cristianos. De ello nose infiere la institución del Parlamento moderno. No se deben confundir los conceptosni ignorar las características específicas de la discusión. La discusión significa unintercambio de opiniones guiada por el objetivo de convencer al adversario por mediode argumentos de la verdad o la justicia de algo, o permitir que él también puedapersuadirnos a nosotros [...]. Lo característico de todas las Constitucionesrepresentativas (el sentido del moderno parlamentarismo en contraste con lasrepresentaciones corporativas o estamentales) es que las leyes se generan a partir dela lucha de opiniones (no de intereses). Las convicciones comunes forman parte de ladiscusión como premisas de la misma: la disposición a dejarse convencer, laindependencia con respecto a los partidos, la imparcialidad respecto a los interesesegoístas»[1] . Resulta difícil encontrar en menos líneas una descripción más ajustada del ideal querenace con las revoluciones democráticas en Filadelfia o en París. La democracia, consus decisiones, nos acerca a lo verdadero o a lo correcto.A lo justo.Así debería ser elmundo. Pero no lo es.Y lo sabía mejor que nadie Carl Schmitt, el autor de estas líneas,cuya biografía política no es una broma, según nos cuenta Müller en las primeraspáginas de su libro. Protagonista en los años veinte de los debates de la constitución deWeimar y de las críticas contra el tratado de Versalles, a principios de los treintaparticipará con otros en los esfuerzos por transformar la Republica de Weimar en unrégimen presidencialista autoritario. Eufóricamente nazi en sus escritos entre 1933 y1936, no reparará, ante las acusaciones de insincero en su antisemitismo, en defenderuna jurisprudencia alemana «no infectada de judaísmo» y en reforzar su meritaje nazi justificando la noche de los cuchillos largos. Fatigado de los debates domésticos, desde1936 se retirará al territorio del derecho internacional para formular una doctrina delos «grandes espacios» que servirá para sancionar las invasiones nazis.Tras su  Página 1 de 12  reaparición en escena en 1946, después de haber sido juzgado y exculpado enNuremberg, se dedicará a desdibujar los trazos más gruesos de sus huellas. Schmitt descreía del ideal que tan impecablemente le vemos resumir. Sencillamente,el mundo no era así. A su parecer, la política nada tenía que ver con los buenos valores.Las decisiones no se adoptan como resultado de argumentadas deliberaciones en buscade la justicia. La política es intereses, negociación y, al cabo, poder. No, no tenía razónKelsen cuando identificaba una norma básica con el fundamento último del ordenlegal.Al final, lo único que había era el poder desnudo: «Como cualquier otro orden, elorden legal reposa en una decisión». Schmitt no se movía un milímetro de Hobbes:«Importa esencialmente la autoridad y no, como en el concepto racionalista del Estadode Derecho de la Ley, la verdad y la justicia.  Auctoritas, non veritas facit legem». Laautoridad, no la verdad, hace las leyes. Eso de puertas adentro, en las líneas enmarcadas por las fronteras. Al otro lado, enlas relaciones entre los países, las cosas todavía estaban más claras. En las relacionesentre Estados ni siquiera había lugar para la hipocresía, para las buenas palabras. Enrealidad, el descreimiento de Schmitt acerca de la naturaleza moral de las leyesarrancaba del derecho internacional. Allí empezó a mirar la realidad de frente, arebuscar en la hojarasca de los principios la dura verdad de la política: la fuerza. Lohabía aprendido en carne propia con el tratado de Versalles, sancionado por laSociedad de las Naciones, que no era otra cosa que la imposición de la justicia de losganadores en nombre de la justicia internacional. Otro tanto, dirá, sucede con lasintervenciones humanitarias y la retórica universalista: un modo de encubrir losintereses imperiales. Ningún ejemplo mejor que el derecho marítimo protector de unalibertad de navegación que, de facto  , beneficiaba a los poderosos. Frente a lahipocresía de los imperios coloniales gestará su teoría de los «grandes espacios», quele servirá para defender la expansión alemana hacia el Este; bien es cierto que, comorecuerda Müller, sin buscar el fundamento en el Volk  , en unas característicasraciales, nacionales, que juzgaba insuficientes para superar el modelo EstadoNación ycimentar lo que él juzgaba conveniente: un nuevo orden europeo, de soberaníassolapadas y jerarquizadas, neomedieval (no tan lejos, por cierto, de la Europa de lasregiones o de los pueblos que hoy hermana a la derecha reaccionaria y a losnacionalistas). Schmitt nos invitaba a no dejarnos engañar por las escasas veces que las buenasrazones se parecen imponer. Cuando eso sucede es por casualidad, porque coincidenlas prescripciones basadas en buenas razones con el interés de los poderosos. Pasapoco. Lo común es que las relaciones entre los países se rijan por el interés desnudo,por las razones de Estado, sin lugar siquiera para la hipocresía de los principios. La justicia nada importa. Y como acostumbra a suceder cuando mandan los intereses y lafuerza, el statu quo se impone y perdura.Va de suyo: el statu quo  es la resultantede la fuerza de cada cual. Un statu quo que queda rematado por el dogma de la nointervención. Entre los Estados, la lógica de la negociación. Dentro de los Estados, quecada cual haga de su capa un sayo. Es decir, la fuerza recubierta de la hipocresíademocrática. Era el mundo que había sancionado la paz de Westfalia: nuestro mundohasta ahora mismo. La obra de Schmitt es una invitación a caerse del guindo. Los herederos de lasrevoluciones democráticas quisimos convencernos de que habíamos transitado de unmundo regido por el imperio de la fuerza hasta otro basado en el escrutinio de la razón.El poder despótico del rey, la voluntad arbitraria de quienes estaban en condiciones deimponer su fuerza, habían dejado paso al control democrático, al ejercicio público de la  Página 2 de 12  razón. Pero la reflexión de Carl Schmitt nos recuerda que andamos lejos del ideal.Enun caso, lo admitimos: en las relaciones entre Estados, no hay deliberación nidemocracia, sino interés desnudo y negociación. En el otro, nos engañamos: dentro delas fronteras, las sociedades democráticas asumen que todos pueden hacer oír su voto y que comparten unos principios de justicia, unos derechos y deberes a los que puedenapelar. El filósofo alemán nos dirá que, en el fondo, no hay diferencias, que, en la horade las verdades, la política de casa es como la otra: el trazo entre el amigo y elenemigo, el antagonismo, la fuerza y la decisión; nunca el triunfo de la verdad, laargumentación, los valores y la ley justa. LOS HIJOS DE SCHMITT El mensaje de Carl Schmitt estaba muy alejado de la reflexión política de la segundaposguerra que, sobre todo en sus vertientes más teóricas y filosóficas, hablaba poco dela fuerza o el poder. Por lo común, esta última frecuentaba un léxico noble y moralista:legitimidad, valores, argumentación, justicia. Esa era la historia común; pero no toda,como nos recuerda Müller. En su ensayo nos muestra cómo sobrevivirán al aislamientode su artífice muchas de las descarnadas tesis de Schmitt, en particular su crítica alliberalismo, a esa versión idealizada de la política como una suerte de sofisticadodebate académico donde las mejores razones se imponen. Por diversos caminos y condiversos destinos sus tesis llegarán a mil puertos. Interesarán a la derecha extrema y ala izquierda radical. Muchas veces con la aquiescencia de un Schmitt dispuesto aentusiasmarse con cualquier cosa. Para muestra, un botón: en sus últimaspublicaciones se mostraba fascinado con el eurocomunismo y, en particular, conSantiago Carrillo. El relato de cómo las ideas de Schmitt han germinado en tiestos tan diferentes ocupala mayor parte del ensayo de Müller. Después de examinar la primera mitad de su vida,sin escamotear las tensiones, conflictos y contradicciones de su obra, Müller dedicacasi toda su investigación a estudiar el impacto de la obra de Schmitt posterior a 1945.Un impacto que se dispara en diversas direcciones, casi siempre radicales. Acostumbraa suceder con quienes escriben a chorro abierto y con los que merodean lasinconsistencias.Aunque también con los pensadores profundos.Y con los que «cambianel significado de conceptos centrales de su teoría» o hacen «sutiles cambios en lasnuevas ediciones de sus libros». De todo eso hay en Schmitt. Sea como fuere, loindiscutible es que su obra interesa a una derecha que busca una identidad europeafrente a las dos superpotencias –o, más recientemente, frente a un islam que dibuja contodos los rasgos del «enemigo»– y a una izquierda que encuentra en sus librospoderosos argumentos para criticar al liberalismo o a un «reino del libre mercado»que, de distinta forma, desplazan «el territorio de la política»: la política no es el blabla de los valores, de la discusión inacabable ni el egoísmo de la sociedad de mercado yde los beneficios compatibles; ni la conversación ni el cálculo; ni los derechos humanosni la globalización. La crítica a un liberalismo abstracto y universalista reunirá a losconservadores partidarios de la tradición y a la izquierda posmoderna que urde susargumentos con mimbres comunitaristas. Entre los materiales schmittianos que unos yotros van a reutilizar se encuentran: «el destino del Estado posliberal y del Estado delbienestar en particular; la relación entre legalidad y legitimidad, y la cuestión de quémodelo de acción política era el apropiado en un continente ensombrecido por lapolarización (y un aparente congelamiento de la política) entre amigos y enemigos. Lalucha por la estabilidad política y social después de los treinta años de guerra del siglo  Página 3 de 12  XX era una preocupación paneuropea. Pero, finalmente, muchos de estos pensadoresrecalaban en un problema que era central para Schmitt: la lógica y los límites de lasoberanía moderna». Desde luego, son muchas influencias. Sobre todo si se tiene en cuenta el estigma de lafuente, marcada por su compromiso con el nazismo y su discreta ubicación académica.En todo caso, parte de la explicación de tanta influencia no es un mérito de Schmitt, almenos no un mérito intelectual: la dificultad para precisar sus puntos de vista. Susideas, gestadas antes de la Segunda Guerra Mundial, al menos en sus brotes másincipientes, se matizarán y corregirán mil veces, pero sin llamar mucho la atenciónsobre las rectificaciones y sin que nunca se acabaran de resolver de modo concluyente.Idas y venidas y ambigüedades que contribuirán a la heterogeneidad de lectores.Seguramente, no todos interpretarán cabalmente a Schmitt. Pero éste, que no estabapara despachar discípulos ni reconocimientos, no se esforzará mucho en trazarfronteras de ortodoxia. Ni siquiera de claridad. Él mismo, citando a Goethe, quiencitaba a su vez a Hamann, se justificaba: «Claridad es una apropiada distribución deluz y de sombra».  A que la sombra se impusiera a la luz ayudó mucho el vértigo estetizante y noveleroque a veces lastraba su escritura y, con ella, su juicio académico. El dilema orteguiano–«o se hace literatura, o se hace precisión, o se calla uno»– no parecía importartampoco a Schmitt. Su briosa prosa no siempre se resistía a la frase brillante, aunquefuese a costa de la anatomía del argumento. La explicación (lamarckiana, si se quiere)de la decadencia de la marina británica es una de las muestras más delirantes deexceso imaginativo. Los ingleses, al sustituir a los fornidos marineros por máquinas quelanzaban los arpones mediante cañones, deterioraron irreparablemente la virilidad desus hombres, convertidos de ese modo en simples controladores de máquinas.Demasiado para un jurista, incluso para un politólogo, persona, por lo general, menosmaniática en el manejo preciso de palabras y razones. Sobre todo cuando al delirio delas conjeturas se añade un estilo apocalíptico, saturado de ambigüedades, de usoscambiantes de las palabras, incluso contradictorios. Con ese material de fondo noresulta extraño que, en su aproximación, Müller empiece por asumir que «no hay unaesencia que identificar en el pensamiento de Schmitt». De esa falta de esencia seabastecerán los dispares lectores a los que Müller sigue la pista. Tampoco hay que descartar que a Müller se le vaya la mano a la hora de encontrarinfluencias. Quien encuentra una veta fecunda es difícil que se resista a explotarla másallá de lo razonable. Sobre todo cuando la naturaleza del material no favorece la cribani el decantamiento inequívoco de filiaciones: el tráfico de influencias intelectuales noes el ADN y si uno no afina mucho el instrumental analítico, finalmente, por acción opor omisión, por elogio o por crítica, acaba por encontrar todas las ideas en todaspartes. Le sucede a veces a Müller. Por ejemplo, relaciona «la teoría de la modernidadde Niklas Luhmann basada en distinciones, divisiones y exclusiones, con diferentescódigos gobernando las diferentes esferas» con las ideas defendidas por Schmitt en  Elconcepto delo político medio siglo antes. Si ese es el criterio, hay que cargar en lacuenta toda la teoría social del siglo XX, al menos de toda aquella que ha hecho uso detaxonomías. Es decir, de casi toda.  Y no creo. De hecho, si se sigue en rastro de la nómina de influencias destacada porMüller, se observa que las ideas de Schmitt no parecían interesar mucho a losgestadores de la teoría social. Cierto es que tuvo sus discípulos en la academia. En laalemana, y no una legión: algunos teólogos políticos, a vueltas con el fatigado asunto delas relaciones entre la teología y la política en una sociedad liberal; una generación de  Página 4 de 12  historiadores críticos de cualquier resabio de filosofía de la historia ilustrada y de una visión optimista de la Revolución Francesa, como realización de la razón y de la justicia; unos pocos politólogos, medio juristas, que intentaban defender la propiademocracia desde el decisionismo, desde la tesis –radicalmente antihabermasiana – deque la legitimidad basada en la legalidad, esto es, en los procedimientos democráticos,se debería imponer a la legitimidad basada en una imposible verdad, tesis basada en laconvicción de que en un mundo como el nuestro, de valores y concepciones del bieninconmensurables, no cabe confiar en que las fatigosas deliberaciones nos lleven aningún puerto, sobre todo cuando las decisiones hay que tomarlas en el día a día. Poco más. ¡Ah, sí! También recuerda Müller su influencia sobre algunos profesores enla España franquista. En total, nada o casi nada en el mundo académico. En elacadémico puro. En el otro, en el más contaminado por las intervenciones públicas, eraotro cantar. Las ideas de Schmitt interesaron a académicos –profesionales o no–metidos en el arenal de la política real y, muy en particular, a los que tuvieron tratoscon ese lodazal de la política internacional, que poco entiende de valores y razones.Interesaron por ejemplo, al conservador Raymond Aron y a ese singular diplomáticohegeliano-comunista que fue Alexandre Kojève. Pero no fue sólo en Francia –el nichoecológico natural de los intelectuales públicos–, sino también en una Italia dondemuchos de los hijos de Gramsci, de un marxismo interpretado en su sentido másgenuino, como pensamiento orientado hacia la práctica, empezaban a desencantarse deun PCI cada vez más institucionalizado. La crítica schmittiana a un parlamentarismo dediscutible representatividad, que sustituye el debate racional de ideas por elcambalache de intereses y la publicidad de los argumentos por la opacidad de losgrupos de poder, será el punto de arranque de los marxisti schmittiani  . Como sumentor, también ellos harán de la necesidad virtud, de la realidad fuente de inspiración y, en lugar de reclamar el retorno de la razón, resignados a aceptar que no hay otracosa que la fuerza y el poder, retraducirán el léxico «amigo/enemigo» en lucha declases.Sí, la política, en primer lugar, en único lugar, y a pulso, sin aspiraciones de justificación normativa, sin bridas éticas.Al final, claro, el terror, la fuerza bruta, elnada importa para llegar donde se quiere llegar. Si se consigue, perfecto; si no,también: el Estado «burgués», emplazado por las acciones terroristas, en la hora de la verdad de confirmar su compromiso con la libertad y la tolerancia, se mostrará en loque esencialmente es: represión, dominio de clase, estado de excepción. Esa será, ensus trazos gruesos, la argumentación que inspirará a las Brigadas Rojas, y también alas RAF en Alemania. La que destrozará muchas vidas. No sólo las de los asesinados. Esa misma argumentación tiene sus ecos apagados, aguados, tanto en su vigorintelectual como en su vocación política, en cierta izquierda posmoderna deNorteamérica, ésta sí, presente en la academia –cierto es que por extraños caminos: ensingulares departamentos, rara vez en los que marcan la pauta filosófica o jurídica.Andando el tiempo, esa izquierda, olvidada la lucha de clases, buscará en laidentidad cultural el cimiento que la razón no proporcionaba y, en el camino, hastacorregirá sus srcinales perspectivas políticas, indistinguibles en su punto de llegadade los de la derecha más conservadora. Ilustra espléndidamente esa trayectoria larevista norteamericana Telos  , en su evolución desde una izquierda frankfurtiana,hasta recalar en un federalismo «de los pueblos», crítico del Estado y apologista de las«comunidades» basadas en la identidad. Un destino donde se encontrará, en Europa,con una nueva derecha europea (Liga Norte,  Nouvelle Droite  ) defensora de unpaneuropeísmo sustentado en la diversidad de las regiones, en los particularismos y,por ende, crítica de cualquier «homogeneización» universalizadora, sea en nombre de  Página 5 de 12
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