Los cambios políticos árabes y su relevancia para las teorías de Relaciones Internacionales/ The Arab Political Changes and their Relevance for International Relations Theory 1

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  1 Los cambios políticos árabes y su relevancia para las teorías de Relaciones Internacionales/ The Arab Political Changes and their Relevance for International Relations Theory 1    Prof. Rafael Bustos Gª de Castro  Depto. de Estudios Internacionales Universidad Complutense de Madrid rbustos@ucm.es  Resumen:   las revueltas, conflictos y cambios políticos que están viviendo los países árabes desde finales de 2010 están recibiendo mucha atención mediática pero insuficiente reflexión académica, a pesar de su relevancia para el campo de las Relaciones Internacionales. La presente ponencia se propone analizar qué suponen dichos cambios en el mundo árabe para las distintas teorías de las Relaciones Internacionales: neorrealismo, institucionalismo, estructuralismo y constructivismo social. Asimismo, responde a preguntas sobre qué teorías dan mejor cuenta de los fenómenos que estamos viviendo y se aventura a explicar el impacto que tendrán estos cambios o deberían tener sobre la evolución teórica de la disciplina.    Abstract: The revolts, conflicts and political changes experienced by Arab countries since late 2010 have received much attention in the mass media but not enough academic reflection, despite its relevance for the field of International Relations. This communication is meant to analyze what exactly mean these transformations in the Arab world for the various theories of International Relations: (neo) Realism, Institutionalism, Structuralism and Social Constructivism. Likewise, it tries to address the question of which theories best account for the political transformation we are witnessing and dares to explain the impact these events will have or should have on the theoretical evolution of the discipline. I.   Introducción I.I. El (neo) realismo y los levantamientos árabes El (neo) realismo, principal paradigma de las Relaciones Internacionales, no niega evidentemente el cambio pero lo concibe fundamentalmente en términos de poder y más concretamente, de poder estatal. Los cambios en la distribución del poder son, al contrario, fundamentales para los teóricos (neo) realistas de las Relaciones 1  El presente artículo se inscribe dentro de dos proyectos de investigación I+D+I, el primero titulado “ El mundo árabe-islámico en movimiento: migraciones, reformas y elecciones y su impacto en España ” , dirigido por Ana Planet y con referencia CS02011-29438-C05-01 (2012-14) y el segundo titulado “ Persistencia del autoritarismo y procesos de cambio político en el Norte de África y Oriente Próximo: consecuencias sobre los regímenes políticos y el escenario internacional ”, dirigido por Inmaculada Szmolka y con referencia CSO2012-32917 (2012-14).  2 Internacionales. La distribución del poder en el sistema internacional genera lo que se conoce como “estructura de poder” (K. Waltz, 1979), configurada por las potencias del sistema. Estas potencias son aquellos Estados que por sus capacidades y voluntad de  poder determinan las normas de juego de la sociedad internacional. Los realistas, atentos a los cambios históricos, se han fijado en la evolución de dichas estructuras a lo largo del pasado, identificando Estados que por su poder emergente accedían al status de potencias del sistema y Estados que por su declive dejaban de ser potencias. Los países árabes son, a todas luces, periféricos en la distribución mundial de poder y aunque alguno aspira a ser potencia regional, ninguno de ellos puede ser considerado  potencia a nivel mundial. En el supuesto realista de que definiéramos la actual estructura mundial como multipolar, algo que es objeto de crítica incluso desde dentro del realismo, ningún país de esta zona del mundo formaría parte de dicha estructura. Otro tipo de cambios, como son los cambios internos, tampoco son del todo ignorados por el realismo aunque reciben mucha menos atención. Los cambios que afectan al poder económico, demográfico, militar o tecnológico de los Estados derivados de transformaciones internas conciernen también a los teóricos realistas. Sin embargo, los cambios políticos son menos importantes en este sentido, a menos que se  produzcan de forma que cohesionen el poder de la sociedad, movilicen a sus ciudadanos y lo proyecten hacia el exterior. Estamos pensando aquí en procesos de tipo revolucionario, como la Revolución rusa o la Revolución islámica en Irán. Estos cambios políticos son objeto de interés en la medida en que producen una cohesión interna, una movilización civil y/o militar y una voluntad de ejercer poder más allá de las fronteras nacionales, exportando por ejemplo el modelo revolucionario. Ahora bien los cambios de régimen y más concretamente las transiciones a la democracia no reciben mayor atención salvo que traigan aparejados otros cambios en el  poder del Estado. De ahí que Esther Barbé afirme que los análisis basados exclusivamente en las estructuras político- militares “son incapaces de captar fa ctores de cambio” (E. Barbé, 2007: 184-185). Como es bien sabido, todos los Estados en la visión realista actúan siguiendo el mismo móvil, la búsqueda y maximización del poder, sea ésta entendida desde el grado mínimo, la supervivencia o desde el grado máximo, la dominación sobre el resto. Dicho de otra manera, sea cual sea la naturaleza del Estado, democrático o autoritario, revolucionario o tradicional, su acción en las Relaciones Internacionales se regirá por los mismos principios, los que determina la anarquía  3  propia de la sociedad internacional. De ahí que todos los cambios de régimen posibles sean interpretados y reducidos a variaciones del poder del Estado. Sostiene el realismo que la aparición de Estados revisionistas, de carácter revolucionario o no, ha sido respondida (de forma intencionada o no) a lo largo de la historia a través del “equilibrio de poder”, en forma de alianzas defensivas que han acabado eliminando, eso sí tardíamente, las ambiciones territoriales del Estado rebelde, ya fuera éste la Francia Napoleónica, la Alemania de Hitler o el Irak de Saddam Hussein. En consecuencia, los cambios en curso en el mundo árabe sólo importan a los realistas en la medida que producen variaciones de poder en la región, modifican las  percepciones de seguridad de los Estados o restructuran las alianzas de esos países con aquellos Estados externos que poseen status de potencias mundiales. Inicialmente, un  país en transición y un país en conflicto son considerados ambos como países que  pierden poder en el escenario internacional. El país en conflicto puede además sufrir la intervención de otro u otros, quedando aún más debilitado y perdiendo su soberanía. No obstante, si al cabo de un tiempo el país en transición culmina con éxito su tránsito a la democracia puede convertirse en un modelo para la región, incrementando su capacidad de influencia entre los vecinos. La fortaleza de un sistema político legítimo genera cohesión y por tanto también capacidad de movilización en su defensa. El ejemplo de Egipto es claro. Si bien está lejos de haber terminado su transición, ya emerge de nuevo como claro aspirante a la hegemonía regional, como ha dejado patente su aceptado rol de mediador en el conflicto de Gaza de noviembre de 2012. Claro que dichos cambios pueden generar desconfianza y una sensación de amenaza en Estados vecinos que mantienen sistemas políticos autoritarios. En este sentido, las transiciones y democratizaciones en la región pueden aumentar también la conflictividad entre países y no sólo en el interior de algunas sociedades. Por último, las transformaciones en curso pueden tener un impacto sobre las alianzas de las potencias mundiales con los Estados de la región. ¿En qué medida la transición tunecina acarrea un desplazamiento de Francia por EEUU en una zona tradicionalmente considerada “patio trasero” francés? ¿Hasta qué punto puede darse por terminarse la protección militar francesa a Túnez tanto tiempo mantenida por temor al imprevisible vecino libio? ¿Y Siria? La eventual caída del régimen de Bachar al-Assad, ¿no supondría la  pérdida del último aliado que mantenía Rusia en Oriente Medio y el Norte de África?  4 ¿Y los Hermanos musulmanes? ¿No están tejiendo ya relaciones y alianzas entre los Estados susceptibles de cambiar el mapa político de la zona? ¿Cómo interpretar si no la retirada de apoyo de Hamás al régimen sirio y por ende a su valedor iraní? ¿No están apostando por una nueva Siria con mayoría islamista sunní que sustituya el apoyo que recibían hasta ahora de la Siria alauí y pro-chií? Es evidente que en ese escenario futurible gobernado por islamistas sunníes, Siria pasaría a estar dentro del campo de influencia estadounidense y saldría definitivamente del ruso. I.II. El institucionalismo y la “primavera árabe”   La corriente institucionalista es conocida no sólo por su énfasis en la interdependencia (R. O. Keohane y Nye, J. S., 1988) y de manera más general, en la globalización, como por fijarse en la variedad de actores internacionales realmente existentes. Los institucionalistas consideran al Estado y al resto de actores sujetos racionales y como tales persiguen y definen sus objetivos basados en cálculos coste/beneficio. En este sentido, no sólo compiten por acumular más poder sino que también buscan ganancias a través de las distintas formas de cooperación. La cooperación no tiene por qué prevalecer; esto dependerá de la “constelación de intereses” concretos que se plantee en una determinada negociación o asunto internacional. Esas constelaciones de intereses pueden tomar distintas formas según el asunto en negociación y los participantes, formas que los expertos de la teoría de juegos han tratado de manejar como distintos juegos competitivos, cooperativos, con o sin coordinación (V. Rittberger , Zangl, B. y Kruck, A., 2012). A diferencia de los realistas, los institucionalistas sí consideran relevante la forma del Estado, sus instituciones y los valores por los que se rige. Por dos razones fundamentalmente: la apertura interna y externa del país, política y económica a la vez, y el respeto por el estado de derecho y las normas internacionales. Esto se traduce en las siguientes premisas liberales. Los Estados con economías abiertas tienden a comerciar más y a ver con mayor facilidad el interés de la cooperación. Los Estados con sistemas  políticos abiertos y democráticos prefieren resolver sus diferencias por medio de la negociación. Los Estados que respetan las normas (imperio o estado de derecho), dentro y fuera de sus fronteras, son más proclives a la cooperación y a la interacción pacífica. Estas premisas vienen a resumir la “teoría de la paz democrática” o de la “paz liberal” que sostiene que las democracias no hacen la guerra entre sí, comercian y resuelven sus diferencias por otros cauces (M. W. Doyle, 1983a, b) (B. Russett, 1993).  5 Más allá de la crítica a que ha sido sometida esta teoría, sigue siendo un pilar del institucionalismo liberal. Ello explica que para esta corriente teórica los cambios que se  producen en los países árabes sean muy importantes. Ya sean vistos desde el prisma del triunfo del modelo capitalista y el fin de la historia (F. Fukuyama, 1992), desde el  prisma de la oleadas democratizadoras (S. Huntington, 1991) o desde el triunfo de la globalización tecnológica (T. Friedman, 2006) y los movimientos en red (M. Castells, 2012). Al fin y al cabo, ¿no han sido posibles las revueltas árabes gracias a las nuevas tecnologías de la información e Internet, con las redes sociales a la cabeza? El paradigma institucionalista considera que la globalización es una fuerza ciega e imparable que modifica las relaciones internacionales en múltiples dimensiones y transforma erosionándolo el orden de Westfalia que ha imperado desde 1648. Difumina la soberanía, desterritorializa el Estado y el poder y debilita la autonomía e independencia de las comunidades políticas (J. Baylis , Smith, S. y Owens, P., 2011). El institucionalismo es a la vez pragmático en sus planteamientos  –  los Estados cooperan entre sí cuando todos ganan algo (ganancia absoluta) --- y normativo  –   la apertura al comercio y las inversiones y a los valores de la democracia y la libertad son fuerzas históricas positivas que no pueden ser detenidas. No se pregunta por el srcen de estas fuerzas, tampoco si son o no orientadas por algún actor. Son fuerzas invisibles como el mercado o la anarquía. Es una visión acrítica que sólo pretende eliminar las  barreras y los obstáculos a una pretendida uniformización del mundo cuyas consecuencias serán más benéficas que perjudiciales. En esa concepción optimista de la historia y de los tiempos, las fuerzas del mercado y las libertades humanas sólo pueden conjugarse para traer un mundo más próspero y seguro. Bajo esta perspectiva los cambios en el mundo árabe han de ser necesariamente  positivos. La sed de libertad y democracia ha de arrastrar cambios políticos y económicos más profundos, en la medida en que se vayan instalando regímenes democráticos y economías abiertas. Aún detenida o frenada la globalización actual tras el cierre de fronteras que siguió al 11-S y luego la interrupción del flujo de capitales que siguió a la crisis financiera comenzada en 2008, su inercia e influencia se dejan sentir en el mundo árabe actual, donde las semillas del cambio se sembraron años antes. I.III. El estructuralismo y las revoluciones árabes Una visión bien distinta es la del estructuralismo, por lo general de tipo neo-marxista, dentro del cual se reagrupan un conjunto de teorías críticas de distinto corte
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