García Ramis, Magali - En Orihuela, su pueblo, y casi el mío (Inédito, de La R de mi padre y otras letras de memoria, a publicar en Callejón).

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  131 En Orihuela, su pueblo, y casi el mío (In-édito, de La R de mi padre y otras letras de memoria, a publicar en Callejón).  Magali García Ramis (Universidad de Puerto Rico. Recin-to de Río Piedras) Sólo recuerdo claramente el color y mis palabras. Estaba entrando a la  bahía un barco, de velas color amapola. Mientras caminaba con paso ace-lerado por el Paseo de Covadonga hacia el Capitolio, yo lo veía deslizarse entre otros de velas blancas. Probablemente era abril, que para mí siem-  pre ha sido mes de nales crueles y comienzos esperanzadores. Y segura -mente era de tarde porque los legisladores no se levantan temprano. Iba a reunirme con cuatro de ellos, dueños de una revista que rompía con la tra-dición periodística en Puerto Rico, tanto por su formato de semanario con reportajes serios como por el hecho de que estos accionistas pertenecían a cuatro partidos distintos, enemigos entre sí, y sin embargo, a ellos les unía una cordial amistad. Iba pensando en qué me preguntarían al entrevistar-me para pasar a ser redactora de  AVANCE   y, al ver las velas rojo-naranja, igualitas a las que yo pintaba de niña una y otra vez, dije para mis adentros “mi barco está entrando en puerto”. No tengo idea de dónde salió esa frase tan de novela de encargo pero no dudé en aceptar de inmediato ese velero como un signo.Semanas después había renunciado a mi trabajo en el viejo  El Im- parcial  , diario sensacionalista venido a menos, y laboraba en la pequeña redacción de  AVANCE   junto a periodistas curtidos, unos con mayor ex-  periencia que otros, artistas grácos y fotógrafos innovadores. Creíamos elmente que estábamos cambiando al mundo y cada semana escribíamos artículos y columnas y seleccionábamos fotos y temas de portada con la seriedad e intensidad que teníamos los jóvenes a principios de los años 70s. Afortunadamente, para bajarnos a tierra había una Jefa de Redacción que tenía un instinto natural para identicar lo que podía ser noticia para la gente común y corriente. Cuando encontraba notas rebuscadas, estilos herméticos que querían ser poéticos o conceptos rimbombantes puestos en los artículos para demostrar cuánto sabíamos, comenzaba a reírse con todo su cuerpo, moviendo primero sus hombros, poniendo su boca como en puchero y achinando sus ojos antes de lanzar carcajadas que le salían del alma. Ada Nivia Guerra no comía cuentos pero era una lectora ávida y generosa que se despojaba de sus libros para que los demás los gozaran. Me regaló la primera antología de cuentos puertorriqueños que tuve en mi vida. Y me cambió la vida cuando me regaló las Obras Completas  de Mi-  Letral, Número 6, Año 2011  132  En Orihuela, su pueblo y casi el mío...  Magalí García Ramis guel Hernández, edición de Losada, Buenos Aires, encuadernada en rojo e ilustrada en blanco y negro.Hasta entonces yo había sido persona de ensotes benignos con na-rradores: Robert Louis Stenvenson, Virginia Woolf, Fedor Dostoyevski, Herman Hesse, Gabriel García Márquez, pero nunca lo había sido con un  poeta. Él había llegado hacía poco a la cotidianidad de muchos de nosotros  por el disco de Juan Manuel Serrat, disco que hacía fruncir el ceño de los intelectuales que consideraban los medios masivos —la industria disquera incluida— como subliteraturas y que nos conminaban a nunca abandonar la pureza de la obra srcinal y a desconar de obras “derivativas”. Los que sabían más que yo, que eran muchos, advertían, además, que estaba bien que leyese a Miguel Hernández, pero que, realmente, él no lle-gó a su madurez como literato así que debería pasar por esa fase y seguir hacia poetas más importantes. Pero lo que yo sabía, leyéndolo, era que él me hablaba en una lengua antigua y compartida, que él oteaba un horizonte que yo parecía conocer, que algo atávico nos unía a pesar de proceder de lugares tan distantes y ser tan diferentes. Él era de Valencia, pastor, amante del campo, los olivos, las cabras y la miel; yo era de una Antilla, periodista, amante de la ciudad, los robles, los gatos y el azúcar blanca en bolsas de papel. Pero yo entendía perfectamen- te cuando él decía “el sol ya planica soledades” o “llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida” o “en la casa falta un cuerpo que en la tierra se desborda”. Y no sólo comprendía; de tanto leer a Miguel Hernández, iba hacien -do mía esa lengua que brillaba por lo tersa, como las prendas que no son de cristales, las de perlas, las de nácar, las de corales. La vida, entendí de  pronto, y la angustia y el amor se llaman “el rayo que no cesa”; la pasión, cuando se siente, corre “dientes abajo buscando el centro” y un hombre que nació con mala estrella “fue una rueda solitaria hecha con radios de amor y a la luna y al dolor daba una vuelta diaria”.El signo de velas rojas me había llevado a conocerle y, de tanto que-rerle, quise tenerlo presente y comencé a crear pequeños cartelitos con sus  poesías. Tomaba una pluma fuente, salpicaba, al azar, gotas de tinta negra sobre papel de dibujo, las soplaba y, mirando el diseño que se formaba, abstracción curiosa o casi gurativa imagen, escogía unos versos y los escribía en pequeñísimas letras de molde que intentaban ser primorosas. Luego las pegaba a las paredes de la sala o del cuarto en el apartamento frente al mar, en que viví por vez primera en el Viejo San Juan. Entre carteles folclóricos, aches patrióticos y fotos de lugares empapados de nostalgia guraban solamente sus versos. Decoraba yo entonces, aunque también ahora, como decoran los presos las paredes de sus celdas: con todo lo importante puesto a la vista, exhibido de continuo en lo que extin-  Letral, Número 6, Año 2011  133  En Orihuela, su pueblo y casi el mío...  Magalí García Ramis guimos la pena que nos toca, y por si las moscas. Y tanto caló Miguel en lo que estaba viviendo que empecé a usar sus  palabras como epígrafes en los cuentos y ensayos que comencé a escribir. De alguna revista impresa en papel malo, de esas ingenuas y absolutamen-te necesarias, recorté y enmarqué una foto suya, parado contra una pared leyendo su famosa elegía a Ramón Sijé “el día que Orihuela le dedicó a Sijé una plaza” y aunque cambie yo de casa, siempre coloco en mi estudio esa foto de él.Con el pasar de los años me acostumbré a su presencia en mi vida como si fuera la de un primo lejano y el libro de sus obras completas, colocado como devocionario al lado de mi cama, perdió el lomo de tanto cabalgarlo mis dedos. Creí que todo lo que me unía a Miguel Hernández ya estaba dado. Entonces, las tías comenzaron a morir. De su hogar me lle- vé tan sólo utensilios de cocina para recordar las estas que tuvimos, una mesa de esquina donde encajé mi frente más de una vez cuando corría de  pequeña hacia adentro de la casa, y cajas y cajas de documentos, recortes de periódicos, fotos y cartas. Un día leí con detenimiento el certicado de nacimiento de mi abuelo mallorquín Francisco Ramis Borrás, y supe que su nombre completo era Francisco de Asís Luis Buenaventura. Leí más adelante y anoté las señas de sus padres, Guillermo Ramis Estelrich y María Luisa Borrás y Llacer. Entonces, al leer quiénes eran sus abuelos, descubrí que también la alegría puede ser “el rayo que no cesa”: su abuela materna, Catalina Llacer, era natural de Orihuela, el lugar donde nació Miguel Hernández; su pueblo, y ahora, casi el mío. Esa tatarabuela, y quizás las de Miguel Hernández ¿caminaron a la par  por las calles del pueblo? ¿Alguna vez compraron pan e higos a la misma hora? ¿Lloraron en alguna estación de tren al ver partir a sus seres queri- dos? ¿Se cruzaron sus miradas en una esta del santoral e intuyeron que tendrían descendencia que estaría atada por el cordón del alfabeto, si no el umbilical? ¿Alguna vez tuvieron sus ancestros ganado que se encontrara en la serranía? ¿Compraron hojas de papel en la misma tienda? ¿Habrá allá primos de sangre que admiraron y leyeron a Miguel y acaso le llora-ron cuando le hicieron morir? Sin atreverme a declararme familia, tan sólo halagada por el común gentilicio ascendente de oriolana/oriolano hice una esta en mi casa y cantamos a boca de jarra, hasta el amanecer, las cancio -nes que Serrat compuso con la letra de Miguel Hernández, canciones que nos son tan familiares a mi generación como los boleros dolientes a la de mis padres.Todo esto que cuento sucedió en el siglo pasado. Ahora que se cumplen los 100 años del natalicio del poeta quizás es menester volver a hacer una esta. “La or nunca cumple un año, y lo cumple bajo tierra” escribió en el Cancionero y romancero de ausencias  quien no pudo cumplir un siglo  Letral, Número 6, Año 2011  134  En Orihuela, su pueblo y casi el mío...  Magalí García Ramis  porque no estaba escrito. Lo que sí estaba escrito era que sus versos reso-naran, se leyeran y se recitaran por mucho lustros después de su partida. Todavía le lloro a él cuando leo la elegía a Ramón Sijé porque los poetas siempre están encarnados en su poesía. Todavía leo sus obras completas cuando quiero refugiarme en esa lengua que huele a tierra, a cardo y a amapola y todavía, cada vez que me invitan a hablar de la escritura, les digo a estudiantes, a lectores y a niños poetas, que escribir bien es escribir como Miguel Hernández, y que para explicar la tristeza, en la lengua que nos une, uno dice: “Umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla...”.  Letral, Número 6, Año 2011
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